Oración a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo
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Aprende a elegir un tiempo y un lugar fijos y a preparar el cuerpo y la mente para orar.
La oración es espiritual, pero nosotros somos de carne y hueso. El lugar, la hora y la postura influyen mucho más de lo que parece, sobre todo al principio. Esta lección te ayuda a construir el marco externo que sostiene la oración interior.
La pregunta no es «¿cuándo tengo tiempo?», porque la respuesta siempre será «nunca». La pregunta es «¿qué momento voy a reservar?». Algunos criterios:
Elige uno y protégelo durante un mes. Diez minutos diarios a la misma hora valen más que una hora semanal irregular.
No necesitas una capilla. Necesitas un sitio que, al verlo, te recuerde para qué estás allí:
Con el tiempo, ese rincón se cargará de significado. Bastará sentarte para que el corazón entre en modo oración.
La postura expresa y a la vez provoca una actitud interior. De rodillas expresa adoración; sentado con la espalda recta favorece la atención; de pie, la disponibilidad. Elige la que te ayude hoy y cámbiala cuando lo necesites.
Antes de empezar, respira hondo tres o cuatro veces. Al exhalar, suelta las prisas. Este gesto tan sencillo marca la frontera entre el ruido y el silencio.
Tres cosas sabotean la oración con más frecuencia que cualquier tentación espiritual:
Los ritos ayudan. Empieza siempre con la señal de la cruz y una frase breve («Señor, aquí estoy»), y termina siempre con otra señal de la cruz. Así la oración tiene bordes claros y la mente aprende cuándo entrar y cuándo salir.
Prepara esta noche tu rincón de oración: elige la silla, coloca una imagen o una cruz y deja la Biblia abierta en el Salmo 23. Decide la hora exacta de mañana y escríbela en un papel visible. Mañana, a esa hora, siéntate, respira tres veces, haz la señal de la cruz y reza el Salmo 23 despacio, dos veces. Termina con un minuto de silencio y la señal de la cruz.
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